lunes, 30 de marzo de 2009

El Rosario de san Pablo: de perseguidor a apóstol de Jesús

Misterios paulinos

1. Misterio: Saulo perseguidor de los cristianos
Saulo asolaba la Iglesia… y respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor (Hechos 8,3; 9,1).

2. Misterio: Saulo convertido
En el camino de Damasco, una luz lo envolvió, cayó en tierra y oyó una voz: Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Él le preguntó: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús a quién tú persigues. Entró en la ciudad y fue bautizado (Hech 9, 3-6.19).

3. Misterio: Saulo, ahora Pablo, misionero de Cristo
Nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados (1Cor 1, 23-24).

4. Misterio: Pablo indica el camino mejor
Les mostraré un camino que es el mejor…Ahora permanecen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande es el amor (1Cor 12,31-13,13).

5. Misterio: Pablo a la espera del premio
Ya estoy cerca de ser ofrecido en sacrificio: he combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe; sólo me que queda recibir de Dios el premio merecido (2Tim 4, 7-8).

Invocaciones a san Pablo, misionero del Evangelio

Pablo, perseguidor de la fe, convertido a Cristo.
Ruega por nosotros.
Pablo, que ha visto al Señor en el Camino. R.
Pablo, testigo del amor misericordioso. R.
Pablo, modelo de la conversión a Dios. R.
Pablo, hombre atento a la voz del Espíritu. R.
Pablo, caminante incansable del Evangelio. R.
Pablo, cuya vida es Cristo. R.
Pablo, misionero y comunicador de Cristo. R.
Pablo, fundador y animador de comunidades. R.
Pablo, maestro y pastor de cristianos. R.
Pablo, defensor de la libertad cristiana. R.
Pablo, que se hizo todo para todos. R.
Pablo, testigo enamorado de Cristo. R.
Pablo, que revela el camino más grande: el amor. R.
Pablo, que vive urgido por el amor de Cristo. R.
Pablo, que aspira a formar a Cristo en todos. R.
Pablo, servidor fiel de Cristo. R.
Pablo, que sólo quiere conocer al Crucificado. R.
Pablo, que trabajó con sus manos. R.
Pablo, que se hizo débil con los débiles. R.
Pablo, que se siente responsable de todos. R.
Pablo, que lleva en su cuerpo los estigmas de Cristo. R.
Pablo, hombre nuevo de la Pascua. R.
Pablo, hombre de entrega ilimitada a los hermanos. R.
Pablo, que lucha el buen combate de la fe. R.
Pablo, que todo lo sufre por el Evangelio. R.
Pablo, que revela a Cristo camino nuevo y viviente. R.
Pablo, que todo lo puede con la fuerza de Cristo. R.
Pablo, que nos revela que Dios es fiel. R.
Pablo, que nos recuerda que el premio es el mismo Dios. R.
Cordero de Dios, que convertiste a Pablo perseguidor,
Perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que premiaste a Pablo apóstol,
Escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que glorificaste a Pablo mártir,
Ten misericordia de nosotros.

-Tú eres un instrumento elegido, apóstol san Pablo.
-Comunicador del Evangelio en el mundo entero.

Oremos. – Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Pablo para predicar el Evangelio, haz que penetre en todo el mundo la fe que el Apóstol llevó a las naciones, para que tu Iglesia crezca sin cesar. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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P. Benito Spoletini, ssp

jueves, 26 de marzo de 2009

¿Alguna vez pensaste si Pablo tenía tiempo libre?

Muchas veces, nos damos cuenta de repente que nos pasamos la vida queriendo ganar tiempo. Y ganamos así una gran cantidad de tiempo: ¿De qué nos sirve ese tiempo? ¿Cuánto tiempo dedicamos a las personas que están cerca de nosotros? ¿Y cuánta alegría y placer experimentamos en nuestro trabajo viviendo ese tiempo plenamente? Miremos la vida de Pablo, su tiempo y cómo lo vive con intensidad, sin apuros y sin estrés, compartiendo sus horas libres con amigos.

En la Carta a los Tesalonicenses, el Apóstol Pablo, escribe:

“Que sea para ustedes una cuestión de honra el vivir en paz, ocupándose de lo propio y trabajando con sus propias manos, conforme les he recomendado. Así llevarán una vida honrada a los ojos de los extraños y no pasarán necesidad de nada” (1Tes 4,11-12).

Del apóstol Pablo, todos tenemos tanto que aprender y este es el objetivo del Año Paulino: aprender de San Pablo la fe, aprender de él quién es Cristo, aprender de él cómo es el camino para una vida plena.

La ciudad de Corinto le ofrece a Pablo un tiempo largo de estadía, hace tiendas y pasa los sábados en las sinagogas. Allí, como maestro, discute y predica. El tiempo libre: tiene que emplearlo en atender las urgencias, porque llegan los problemas, las herejías, en algunas partes no entendieron bien lo que dijo y hay confusión, se producen escándalos y algunos tienen miedo a la parusía cercana. Es precisamente desde Corinto que Pablo escribe la primera Carta a los Tesalonicenses invitándolos a vivir en paz desarrollándose a través de su trabajo, llevando una vida honrada. Es también en Corinto donde tuvo la suerte de encontrar a Priscila y Aquila, en cuyo taller trabajaba haciendo tiendas de campaña (cf Hch 18,3). Pablo no tenía un taller propio con clientela estable, sin dudas que el taller de tiendas de campaña era también un lugar de conversación. Ciertamente los amigos iban a buscarlo allí para encontrarse con él y él compartía con ellos su tiempo libre. Llegaron a conservar como recuerdo los pañuelos y lienzos que Pablo usaba en el trabajo (Hch 19,12).

Es interesante descubrir que Pablo, como buen comunicador, dedicó también su tiempo libre a escribir, por ejemplo cuando estuvo preso escribe la Carta a los Filipenses y a los Efesios, por eso les dice: “Yo, Pablo, estoy preso por Cristo Jesús” (Ef 3,1). Así se mantenía en contacto con sus comunidades.

Durante los viajes, Pablo mantenía ese contacto a través de distintas personas, como por ejemplo Timoteo (1Tes 3,2-6), y a partir del segundo viaje, se mantenía en contacto escribiendo las cartas. Pedía que sus cartas fueran leídas en las reuniones de la comunidad (1Tes 5,27) y que fuesen enviadas también a las demás comunidades: “Una vez que hayan leído esta carta, háganla leer también en la Iglesia de Laodisea” (Col 4, 16).

En Éfeso Pablo enseña diariamente en la escuela de un hombre llamado Tirano (Hch 19,9). Una tradición muy antigua informa que esta enseñanza diaria se hacía entre la quinta y décima hora, esto es, entre las once de la mañana y cuatro de la tarde. O sea, durante la hora del almuerzo y del descanso. Pablo sólo tenía unas horas libres para anunciar el Evangelio. La enseñanza de Pablo encuentra respaldo en el testimonio de su vida, “Recuerden hermanos nuestro trabajo y nuestra fatiga cuando les predicamos la Buena Noticia” (1Tes 2,9).
Pablo nos enseña hoy a respetar el propio tiempo para “vivir en paz, ocupándose de lo propio y trabajando con las propias manos” como dice a los Tesalonicenses. Significa perder un poco más de tiempo en cada cosa, someterse a ese tiempo, vivirlo intensamente sin estrés. La vida es una sucesión de tiempos, pero realizar muchas actividades implica dejar de lado la calidad individual de cada cosa.

Y concluimos con este interesante “diálogo” que mantiene el filósofo Séneca, nacido cuatro años después de Cristo, con Paulino, hombre público de la época:

“Habiendo llegado a lo último de la edad humana, teniendo cerca de cien años o más, ven acá, llama a cuentas a tu edad. Dime, ¿cuánta parte de ella te consumió el acreedor, cuánta el amigo, cuánta la República y cuánta tus allegados, cuánta los disgustos con tu mujer, cuánta el castigo de los esclavos, cuánta el apresurado paseo por la ciudad? Junta a esto las enfermedades tomadas con tus manos, añade el tiempo que se pasó en ociosidad, y hallarás que tienes muchos menos años de los que cuentas.
Trae a la memoria si tuviste algún día firme determinación, y si lo pasaste en aquello que lo habías destinado. Qué uso tuviste de ti mismo, cuándo estuvo en un ser el rostro, cuándo el ánimo sin temores; qué cosa hayas hecho para ti en tan larga edad; cuántos hayan sido los que te han robado la vida, sin entender tú lo que perdías; cuánto tiempo te han quitado el vano dolor, la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida conversación: y viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás que mueres malogrado.

¿Cuál es, pues, la causa de esto? El vivir como si hubieras de vivir para siempre, sin que tu fragilidad te despierte. No observas el tiempo que ha pasado, y así gastas de él como de caudal colmado y abundante, siendo contingente que el día que tienes determinado para alguna acción sea el último de tu vida. Temes como mortales todas las cosas, y como inmortales las deseas. Oirás decir a muchos que llegando a cincuenta años se han de retirar a la quietud, y que el de sesenta se jubilará de todos los oficios y cargos. Dime, cuando esto propones, ¿qué seguridad tienes de más larga vida? ¿Quién te consentirá ejecutar lo que dispones? ¿No te avergüenzas de reservarte para las sobras de la vida, destinando a la virtud sólo aquel tiempo que para ninguna cosa es de provecho? ¡Oh cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar! ¡Qué necio olvido de la mortalidad es diferir los santos consejos hasta los cincuenta años, comenzando a vivir en edad a que son pocos los que llegan!” (texto citado en “Pierda tiempo, viviendo despacio transcurre la vida” de Ciro Marcondes Filho, Ed. San Pablo, 2006).

Hna. María de la Paz Carbonari, ddm

miércoles, 18 de marzo de 2009

San Pablo, modelo de cómo hacer teología

Catequesis del Papa sobre san Pablo del miércoles 5 de noviembre de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

"Si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe... estáis todavía en vuestros pecados" (1 Cor 15,14.17). Con estas fuertes palabras de la primera Carta a los Corintios, san Pablo da a entender qué decisiva importancia atribuye a la resurrección de Jesús. En este acontecimiento, de hecho, está la solución del problema que supone el drama de la Cruz. Por sí sola la Cruz no podría explicar la fe cristiana, al contrario, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado "ha resucitado el tercer día, según las Escrituras" (1 Cor 15,4) - así atestigua la tradición protocristiana. Aquí está la clave central de la cristología paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. La entera enseñanza del apóstol Pablo parte desde y llega siempre al misterio de aquel que el Padre ha resucitado de la muerte. La resurrección es un dato fundamental, casi un axioma previo (cfr 1 Cor 15,12), en base al cual Pablo puede formular su anuncio (kerygma) sintético: Aquel que ha sido crucificado, y que ha manifestado así el inmenso amor de Dios por el hombre, ha resucitado y está vivo en medio de nosotros.

Es importante notar el vínculo entre el anuncio de la resurrección, tal como Pablo lo formula, y aquel que se usaba en las primeras comunidades cristianas prepaulinas. Aquí verdaderamente se puede ver la importancia de la tradición que precede al Apóstol y que él, con gran respeto y atención, quiere a su vez entregar. El texto sobre la resurrección, contenido en el capítulo 15,1-11 de la primera Carta a los Corintios, pone bien de relieve el nexo entre "recibir" y "transmitir". San Pablo atribuye mucha importancia a la formulación literal de la tradición; al término del fragmento que estamos examinando subraya: "Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos" (1 Cor 15,11), poniendo así a la luz la unidad del kerigma, del anuncio para todos los creyentes y para todos aquellos que anunciarán la resurrección de Cristo. La tradición a la que se une es la fuente a la que tender. La originalidad de su cristología no va nunca en detrimento de la fidelidad a la tradición. El kerigma de los Apóstoles preside siempre la reelaboración personal de Pablo; cada una de sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Y así san Pablo ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo hacer teología y cómo predicar. El teólogo, el predicador no crean nuevas visiones del mundo y de la vida, sino que están al servicio de la verdad transmitida, al servicio del hecho real de Cristo, de la Cruz, de la resurrección. Su deber es ayudar a comprender hoy, tras las antiguas palabras, la realidad del "Dios con nosotros", y por tanto, la realidad de la vida verdadera.

Aquí es oportuno precisar: san Pablo, al anunciar la resurrección, no se preocupa de presentar una exposición doctrinal orgánica -no quiere escribir prácticamente un manual de teología- sino que afronta el tema respondiendo a dudas y preguntas concretas que le venían propuestas por los fieles; un discurso ocasional, por tanto, pero lleno de fe y de teología vivida. En él se encuentra una concentración de lo esencial: nosotros hemos sido "justificados", es decir, hechos justos, salvados, por el Cristo muerto y resucitado por nosotros. Emerge sobre todo el hecho de la resurrección, sin el cual la vida cristiana sería simplemente absurda. En aquella mañana de Pascua sucedió algo extraordinario, nuevo y, al mismo tiempo muy concreto, contrastado por señales muy precisas, registradas por numerosos testimonios. También para Pablo, como para los otros autores del Nuevo Testamento, la resurrección está unida al testimonio de quien ha hecho una experiencia directa del Resucitado. Se trata de ver y de escuchar no sólo con los ojos o con los sentidos, sino también con una luz interior que empuja a reconocer lo que los sentidos externos atestiguan como dato objetivo. Pablo da por ello -como los cuatro Evangelios- relevancia fundamental al tema de las apariciones, que son condición fundamental para la fe en el Resucitado que ha dejado la tumba vacía. Estos dos hechos son importantes: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente. Se constituye así esa cadena de la tradición que, a través del testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos, llegará a las generaciones sucesivas, hasta nosotros. La primera consecuencia, o el primer modo de expresar este testimonio, es predicar la resurrección de Cristo como síntesis del anuncio evangélico y como punto culminante de un itinerario salvífico. Todo esto Pablo lo hace en distintas ocasiones: se pueden consultar las Cartas y los Hechos de los Apóstoles, donde se ve siempre que el punto esencial para él es ser testigo de la resurrección. Quisiera citar sólo un texto: Pablo, arrestado en Jerusalén, está ante el Sanedrín como acusado. En esta circunstancia en la que está en juego para él la muerte o la vida, indica cuál es el sentido y el contenido de toda su preocupación: "por esperar la resurrección de los muertos se me juzga" (Hch 23,6). Este mismo estribillo repite Pablo continuamente en sus Cartas (cfr 1 Ts 1,9s; 4,13-18; 5,10), en las que apela a su experiencia personal, a su encuentro personal con Cristo resucitado (cfr Gal 1,15-16; 1 Cor 9,1).

Pero podemos preguntarnos: ¿cuál es, para san Pablo, el sentido profundo del acontecimiento de la resurrección de Jesús? ¿Qué nos dice a nosotros a dos mil años de distancia? La afirmación "Cristo ha resucitado" ¿es actual también para nosotros? ¿Por qué la resurrección es para él y para nosotros hoy un tema tan determinante? Pablo da solemnemente respuesta a esta pregunta al principio de la Carta a los Romanos, donde exhorta refiriéndose al "Evangelio de Dios... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1,3-4). Pablo sabe bien y lo dice muchas veces que Jesús era Hijo de Dios siempre, desde el momento de su encarnación. La novedad de la resurrección consiste en el hecho de que Jesús, elevado de la humildad de su existencia terrena, ha sido constituido Hijo de Dios "con poder". El Jesús humillado hasta la muerte en cruz puede decir ahora a los Once: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Se ha realizado cuanto dice el Salmo 2, 8: "Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra". Por eso con la resurrección comienza el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos - comienza el reinado de Cristo, este nuevo reino que no conoce otro poder que el de la verdad y del amor. La resurrección revela por tanto definitivamente cuál es la auténtica identidad y la extraordinaria estatura del Crucificado. Una dignidad incomparable y altísima: ¡Jesús es Dios! Para san Pablo la secreta identidad de Jesús, más aún que la encarnación, se revela en el misterio de la resurrección. Mientras el título de Cristo, es decir, ‘Mesías', ‘Ungido', en san Pablo tiende a convertirse en el nombre propio de Jesús y el de Señor especifica su relación personal con los creyentes, ahora el título de Hijo de Dios viene a ilustrar la relación íntima de Jesús con Dios, una relación que se revela plenamente en el acontecimiento pascual. Se puede decir, por tanto, que Jesús ha resucitado para ser el Señor de los vivos y los muertos (cfr Rm 14,9; y 2 Cor 5,15) o, en otros términos, nuestro Salvador (cfr Rm 4,25).

Todo esto está cargado de importantes consecuencias para nuestra vida de fe: estamos llamados a participar hasta en lo más profundo de nuestro ser en todo el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: hemos "muerto con Cristo" y creemos que "viviremos con él, sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,8-9). Esto se traduce en un compartir los sufrimientos de Cristo, como preludio a esa configuración plena con él mediante la resurrección, a la que miramos con esperanza. Es lo que le ha sucedido también a san Pablo, cuya experiencia está descrita en las Cartas con tonos tan precisos como realistas: "y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión de sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil 3,10-11; cfr 2 Tm 2,8-12). La teología de la Cruz no es una teoría - es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad, es más bien una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra el sufrimiento, al contrario, a ellos les toca un poco más, porque vivir la fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo crucificado y resucitado. El creyente se encuentra colocado entre dos polos: por un lado la resurrección, que de algún modo está ya presente y operante en nosotros (cfr Col 3,1-4; Ef 2,6); por otro, la urgencia de insertarse en ese proceso que conduce a todos y a todo a la plenitud, descrita en la Carta a los Romanos con una audaz imaginación: como toda la creación gime y sufre casi los dolores del parto, así también nosotros gemimos en la esperanza de la redención de nuestro cuerpo, de nuestra redención y resurrección (cfr Rm 8,18-23).

En síntesis, podemos decir con Pablo que el verdadero creyente obtiene la salvación profesando con su boca que Jesús es el Señor y creyendo con el corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos (cfr Rm 10,9). Importante es sobre todo el corazón que cree en Cristo y que en la fe "toca" al resucitado; pero no basta llevar en el corazón la fe, debemos confesarla y testimoniarla con la boca, con nuestra vida, haciendo así presente la verdad de la cruz y de la resurrección en nuestra historia. De esta forma el cristiano se inserta en ese proceso gracias al cual el primer Adán, terrestre y sujeto a la corrupción y a la muerte, va transformándose en el último Adán, celeste e incorruptible (cfr 1 Cor 15,20-22.42-49). Este proceso ha sido puesto en marcha con la resurrección de Cristo, en la que se funda la esperanza de poder entrar con Cristo también en nuestra verdadera patria que está en el Cielo. Sostenidos por esta esperanza proseguimos con valor y alegría.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

En su primera carta a los Corintios, san Pablo señala la importancia de la resurrección de Cristo para nuestra fe cristiana. Sólo con la Cruz, sin la resurrección de Jesús, la vida cristiana sería un absurdo. El misterio pascual consiste precisamente en el hecho de que el Crucificado resucitó. Aquel que murió y nos reveló el inmenso amor que Dios nos tiene está vivo y presente entre nosotros. Ésta es la clave de la cristología paulina, que parte siempre de ese misterio y a él tiende. Al anunciar a Jesucristo, Pablo subraya particularmente que nosotros hemos sido justificados por su muerte y resurrección. Para el Apóstol, la resurrección de Jesús fue un hecho acaecido en la historia, del cual es posible dar testimonio. Existieron signos precisos. No fue algo inventado. Más aún, a través de ella se revela definitivamente la auténtica identidad del Crucificado. En efecto, la resurrección manifiesta en plenitud su naturaleza divina, que poseía desde siempre y no sólo en el tiempo. Jesús resucitó para ser Señor de vivos y muertos. El verdadero creyente obtiene la salvación profesando que Cristo es el Señor y creyendo que Dios lo resucitó de entre lo muertos.

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular, a los miembros de la Asociación valenciana de Agricultores y al Obispo de Autlán, Monseñor Gonzalo Galván Castillo, acompañado de un grupo de sacerdotes de su Diócesis. A ejemplo del Apóstol san Pablo, os invito a ser testigos creíbles y audaces de Jesucristo resucitado, del que esperamos confiados que transforme "nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa".

Que Dios os bendiga.

[Traducción del italiano por Irma Álvarez]

Servicios para Radios en adhesión al Año Paulino

ANUNCIAR Grupo Multimedio de Comunicación, Asociación Civil, ha elaborado 19 mensajes basándose en versículos extractados de las cartas del apóstol Pablo, para difundir en radios las palabras del "Apóstol de los Gentiles". Esta es una de las modalidades en que dejamos de manifiesto nuestra adhesión al año Paulino.

Este proyecto surgió dentro de la producción del programa radial EL ALFA Y LA OMEGA y fue realizado por Alfredo Musante, Director Responsable y Carlos Guzmán, Coordinador de Contenidos, que consideraron más que propicia la oportunidad para ofrecer un servicio a las radios, tanto católicas como aquellas que no siendo confesionales deseen sumarse a esta celebración de la Iglesia en honor del Apóstol de las gentes.

Los spots fueron realizados por ANUNCIAR CONTENIDOS, departamento que produce toda la artística en conjunto con STUDIO POWER para el programa radial EL ALFA Y LA OMEGA. Estas cuñas son pensadas para su difusión en radios confesionales y los mismos son totalmente gratuitos. Aquellas emisoras interesadas en incluirlos en su programación diaria, pueden solicitarlo a nuestro e-mail:
info@anunciar.org.ar
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Para bajar los spots dedicados al Apóstol Pablo, ingresar a esta dirección:

www.anunciar.org.ar/descargas.html

Y ahí encontrarán los 19 mensajes que pueden bajar posándose arriba de cada link y clickeando para guardarlo en la pc.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Nuestra libertad en Cristo

Cristo nos ha liberado de una esclavitud sin esperanza. El que pertenece a Cristo realiza la experiencia de semejante libertad. ¿Cómo logra llegar hasta ella? Por medio del bautismo: ese acto de fe en el amor salvador de Jesús.

Inspirándose en dos textos complementarios de Jeremías (31, 31-34) y de Ezequiel (36, 26-27) en donde se declara que la nueva alianza quedará inscrita, no ya en tablas de piedra -¡aquello fue un fracaso!-, sino en los corazones por la acción del Espíritu, Pablo nos dice cómo Cristo interviene en nosotros en el momento del bautismo para dejar libre a nuestra libertad cautiva. Esta liberación tiene en primer lugar un aspecto negativo: se ejerce en relación con el pecado, con la muerte y con la ley, pero reviste además un aspecto positivo: nos comunica un espíritu filial: “todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gál 3, 26-27). Con Cristo, todos juntos, nos hacemos uno sólo (Gál 3, 28), “más unidos que si formásemos un solo cuerpo” (san Juan Crisóstomo). No es posible expresar con mayor realismo la eficacia soberana del bautismo. Esta unidad en Cristo declara abolida toda distinción religiosa (judíos y paganos), social (esclavos y libres), natural (hombres y mujeres): “ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús (Gál 3, 28). El racismo no es cristiano, ¡pero en qué inmensa plenitud de libertad nos vemos así introducidos por la sola fe en Jesucristo, sin ninguna otra ayuda! ¿Quién ha exaltado jamás con tanta fuerza la dignidad de la persona humana?

Se comprende entonces la cólera de Pablo al enterarse de que aquellos gálatas, que llevan esta aspiración a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad en su propia sangre, buscan ahora obtener esas riquezas por medio de recetas rituales y de leyes exteriores. Desde estas alturas, hasta la ley judía, con la multitud de sus prescripciones y con todos los escrúpulos que se pueden tener en observarlas, no vale más que las leyes y que los ritos paganos. No hay más salvación que en la acogida de Cristo por la fe. Pablo se siente tan desconcertado por esta falta de juicio de los gálatas que no puede menos de pronunciar una frase “escadalosa”: “en cuanto a los agitadores, ojalá que llegaran hasta la mutilación total”. (Gál 5, 12).

El fundamento de la libertad cristiana es esa filiación divina que, por iniciativa del Padre, ha sido obtenida para nosotros por Cristo y se nos ha comunicado por el Espíritu Santo. Saboreemos el ritmo y la plenitud de este texto trinitario: “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gál 4, 4-6). Participando de la filiación de Cristo, nuestra libertad espiritual está hecha a imagen de la de Cristo. Pablo nos ofrece el secreto de su libertad interior: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20).

"Los escritos de san Pablo"
Amédée Brunot
Editorial Verbo Divino

Afanes apostólicos en Atenas

La ciudad de Atenas, tan célebre en los siglos V-III antes de nuestra era y actual capital de Grecia, había perdido en tiempos de Pablo mucho de su antiguo esplendor, y vivía de recuerdos nostálgicos. Pablo la menciona una sola vez, lo justo para que sepamos con certeza que estuvo allí (1 Tes 3,1), y que, al tiempo que la evangelizaba, su pensamiento le hacía volver constantemente la mirada y el corazón hacia Tesalónica. Sobre su actividad en la ciudad de la sabiduría y de la democracia no nos proporciona detalle alguno.

La presencia, por fugaz que haya sido, del Apóstol en la capital del Ática implica que, donde en otro tiempo se enseñaba sabiduría humana, discutían los sofistas y establecían Platón y Aristóteles una forma de pensamiento rigurosa y duradera, allí, finalmente, se enseña la sabiduría evangélica, la última palabra dirigida por Dios a la humanidad en Cristo Jesús. No debe extrañarnos que el autor de Hechos dedique a evento no menos de 20 versículos.


La descripción que Hech 17, 16-20 nos ofrece de la Atenas de la época es muy certera, en consonancia con la elevada cultura del autor; no menos magistral es el discurso que a continuación oímos de labios de Pablo. En palabras del gran estudioso H. Conzelmann, “la visita de Pablo a Atenas es particularmente célebre, gracias a una composición de gabinete de Lucas, una narración que resalta el colorido local ateniense y que desemboca en el ‘discurso del areópago’, discurso que hasta hoy continúa ejerciendo su fascinación. Ciertamente es una pieza maestra, pero no de Pablo sino de Lucas”. En efecto, puede observarse que del discurso están ausentes términos tan elementales como pecado, cruz, gracia o justificación, Cristo como Mesías, etc., y en cambio encontramos la teodicea apologética de finales del siglo primero.

Probablemente Pablo no consiguió crear una comunidad cristiana en Atenas; Hech 17, 34 ha conservado los nombres de dos convertidos, Dionisio y Dámaris, y una alusión genérica a algunos más. Cuando Pablo comente que, en la siguiente estación misionera, Corinto, se presentó “con temor y temblor” (1 Cor 2, 2), es posible que nos esté manifestando su estado de ánimo tras un rotundo fracaso. Pero no es sostenible cierta teoría tradicional sobre un cambio de táctica del Apóstol: puesto que el alarde en Atenas de conocer literatura y filosofía le llevó al fracaso, llegado a Corinto renunciaría a todo saber humano e incluso lo ridiculizaría.

Pero Pablo en Atenas no es solamente misionero; es también el pastor que se ocupa por las comunidades que va dejando atrás, especialmente las de Macedonia.

En relación con Tesalónica, Pablo parece tener temores no sólo referentes al posible retroceso en la fe, sino también al descrédito personal.
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Extraído de:
"Cooperador Paulino, comunicación social y pastoral"
Sociedad de San Pablo
Noviembre - Diciembre de 2008.

jueves, 26 de febrero de 2009

¡Ven Espíritu Santo!

¡Ven Espíritu Santo!
Y bautízanos como a Pablo,

que desde Tarso hasta
la plenitud de sus días,
se encadenó al amor de Dios.
Ven a convertir nuestras dudas

con su misma valentía,
donando nuestra vida
para anunciar el amor.
Ven como en Damasco,

para que siendo apóstoles
anunciemos sin falsías
el Evangelio del Señor.
¡Ven Espíritu Santo!
Y enséñanos a ser como Pablo

que transformando su vida,
con libertad comprometida,
proclamó la buena noticia del amor.
Ven a darnos su coraje

y llénanos con tu Espíritu,
para que seamos los apóstoles,
siempre amigos de Jesús.

Ana María Capalbo

Como Pablo

Crece como la hiedra

Pablo enamorado,
de tu caída solo un nudo
ha quedado como llamado.
Y es tanta la fuerza

de tu anhelada bravura
que tu vida es el fruto,
de la pasión por el apostolado.
Tu arrojo nos anima,

tu valentía nos llama,
tu decisión de amar tanto
nos compromete a imitarte.
Y en esa “vida nueva”

en donde cada entrega es servicio,
cada renuncia ofrenda,
cada palabra un mensaje,
Cristo vive en ti y en nosotros

porque eres testimonio y coraje,
arropando como misionero
la fe que va en tu equipaje.

Ana María Capalbo

lunes, 23 de febrero de 2009

Un 25 de enero

Un 25 de Enero,
San Pablo se convirtió
al Amor de los Amores,
nuestro dueño el Gran Señor.

Cuando leo sus escritos,
pienso en mi vida pasada,
cuando razonaba que:
En la apariencia de vida,
aquel que más poseía
era el que mejor valía.
Así como cambió San Pablo,
también cambió mi visión.
Ahora pensamos igual.
Este mundo es pasajero
y la vida se nos va
más rápido de lo pensado
y debemos apurarnos
a incrementar nuestras obras
porque es lo único que vale
en la vida que Dios da.
San Pablo, convertía y trabajaba
Y yo lo tengo de ejemplo
y me tengo que apurar
a multiplicar mis obras
antes que no viva mas.

Elsa Lorences de Llaneza
elsalorences@yahoo.com.ar

viernes, 20 de febrero de 2009

Cristo, nuestra Pascua


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Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa,
ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura.
Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Celebremos, entonces, nuestra Pascua,
no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad,
sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad.
(1 Cor. 5, 7-8)
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Esta magnífica exhortación de san Pablo la proclama nuestra liturgia el día de Pascua durante la misa. Un texto precioso por diversos títulos. En primer lugar, escrito por el apóstol en la primavera del año 57, o sea, unos veinticinco años después de la muerte de Cristo, es el primer testimonio de la celebración del hecho pascual en la Iglesia primitiva. Además, nos permite comprender la forma de alctuar de Pablo: para reprimir un abuso o recordar una exigencia, evoca siempre nuestra vinculación con el acontecimiento decisivo de la historia de la salvación, la muerte y la resurrección de Jesús. Finalmente y sobre todo, en estas pocas líneas, bajo la imagen del pan con levadura y de la masa nueva, nos presenta su pensamiento sobre la transformación radical que lleva a cabo este acontecimiento tanto en la humanidad como en el universo: la pascua de Cristo inaugura una creación nueva.
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"Los escritos de san Pablo"
Amédée Brunot
Editorial Verbo Divino

Manos que florecen

Como María Rosa Mística floreció
en su pecho en tres hermosas rosas
y María Guadalupe
en su túnica resplandeció de flores
mis manos florecieron
en pimpollos de rosas rosa
que lentos crecieron
haciendo las mías hermosas.
Perfumaron a quienes las tocaban
se deshacían en pétalos
cuando acarician,
cuando funden en un apretón con manos extrañas.
Y cuando saludan a buenos y malos,
a sanos y enfermos, a tristes y alegres.
¡Oh, manos benditas!,
puñado de rosas que al pasar el tiempo
no se marchitan,
al contrario a nueva vida resucitan,
de María vienen
y son para Jesús y mis hermanos,
a San Pablo las ofrezco
en agradecimiento de tanta entrega
y dedicación a la causa de Jesús.
Mis manos florecieron
en hermosas rosas, bellas y primorosas,
son para ti Pablo apóstol de Cristo
y autor del Himno del Amor,
las más bella flor que tú hiciste al Altísimo.

Elsa Luján Belloto
mtaristu@hotmail.com

martes, 17 de febrero de 2009

San Pablo: Vivir en Cristo

domingo, 8 de febrero de 2009

Quiero parecerme a Pablo

Pablo decía: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia” (Fil. 4,12-14. 19-20).

Escúchame Dios: cuando viva en la abundancia, ayúdame a compartirla con mis hermanos carenciados. Que no me crea dueña del mundo y tome conciencia de que esto no siempre será duradero.

Que la vida, son momentos, momentos de felicidad o de tristeza. Momentos de abundancia y otros de privaciones. Que cuando estas últimas lleguen, sepa aceptarlas y aprender a recibir con humildad lo que otros puedan proveerme y adecuarme, Padre, como San Pablo a aceptar con docilidad lo que tú dispongas para mí.
Amén.
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Elsa Lorences de Llaneza
elsalorences@yahoo.com.ar

martes, 3 de febrero de 2009

El escándalo de la Cruz, sabiduría del cristiano

Catequesis del Papa sobre san Pablo del miércoles 29 de octubre de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En la experiencia personal de san Pablo hay un dato incontrovertible: mientras al principio había sido un perseguidor y había utilizado la violencia contra los cristianos, desde el momento de su conversión en el camino de Damasco, se había pasado a la parte de Cristo crucificado, haciendo de él la razón de su vida y el motivo de su predicación. La suya fue una existencia enteramente consumida por las almas (cfr 2 Cor 12,15), para nada tranquila y resguardada de insidias y dificultades. En el encuentro con Jesús se había aclarado el significado central de la Cruz: había comprendido que Jesús había muerto y resucitado por todos y por él mismo. Ambas cosas eran importantes; la universalidad: Jesús había muerto realmente por todos, y la subjetividad: él ha muerto también por mí. En la Cruz, por tanto, se había manifestado el amor gratuito y misericordioso de Dios. Este amor Pablo lo experimentó ante todo en sí mismo (cfr Gal 2,20) y de pecador se convirtió en creyente, de perseguidor en apóstol. Día tras día, en su nueva vida, experimentaba que la salvación era "gracia", que todo descendía del amor de Cristo y no de sus méritos, que por otro lado no existían. El "evangelio de la gracia" se convirtió así en la única forma de entender la Cruz, el criterio no sólo de su nueva existencia, sino también la respuesta a sus interlocutores. Entre estos estaban, ante todo, los judíos que ponían su esperanza en las obras y esperaban de estas la salvación; estaban también los griegos, que oponían su sabiduría humana a la cruz; finalmente, había ciertos grupos heréticos, que se habían formado su propia idea del cristianismo según su propio modelo de vida.

Para san Pablo la Cruz tiene un primado fundamental en la historia de la humanidad; representa el punto principal de su teología, porque decir Cruz quiere decir salvación como gracia dada a toda criatura. El tema de la cruz de Cristo se convierte en un elemento esencial y primario de la predicación del Apóstol: el ejemplo más claro tiene que ver con la comunidad de Corinto. Frente a una Iglesia donde estaban presentes de forma preocupante desórdenes y escándalos, donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que comprometían la unidad del Cuerpo de Cristo, Pablo se presenta no con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de Cristo crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino, paradójicamente, la debilidad y el temblor de quien se confía sólo al "poder de Dios" (cfr1 Cor 2,1-4). La Cruz, por todo lo que representa y también por el mensaje teológico que contiene, es escándalo y necedad. Lo afirma el Apóstol con una fuerza impresionante, que es mejor escuchar de sus mismas palabras: "La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios... quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1,18-23).

Las primeras comunidades cristianas, a las cuales Pablo se dirige, saben muy bien que Jesús ahora está resucitado y vivo; el Apóstol quiere recordar no sólo a los Corintios y a los Gálatas, sino a todos nosotros que el Resucitado es siempre aquel que ha sido crucificado. El "escándalo" y la "necedad" de la Cruz están precisamente en el hecho que ahí donde parece haber solo fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el poder del Amor ilimitado de Dios, porque la Cruz es expresión de amor y el amor es el verdadero poder que se revela precisamente en esta aparente debilidad. Para los judíos la Cruz es skandalon, es decir, trampa o piedra de tropiezo: parece obstaculizar la fe del pío israelita, que no consigue encontrar nada parecido en las Sagradas Escrituras. Pablo, con no poco valor, parece decir aquí que la apuesta es altísima: para los judíos, la Cruz contradice la esencia misma de Dios, que se ha manifestado con signos prodigiosos. Por tanto, aceptar la Cruz de Cristo significa realizar una profunda conversión en el modo de relacionarse con Dios. Si para los judíos el motivo de rechazo de la Cruz se encuentra en la Revelación, es decir, en la fidelidad al Dios de sus padres, para los griegos, es decir, los paganos, el criterio de juicio para oponerse a la Cruz es la razón. Para estos últimos, de hecho, la Cruz es moría, necedad, literalmente insipidez, alimento sin sal; por tanto, más que un error, es un insulto al buen sentido.

Pablo mismo en más de una ocasión tuvo la amarga experiencia del rechazo del anuncio cristiano juzgado "insípido", irrelevante, ni siquiera digno de ser tomado en consideración en el plano de la lógica racional. Para quien, como los griegos, buscaba la perfección en el espíritu, en el pensamiento puro, ya era inaceptable que Dios se hiciera hombre, sumergiéndose en todos los límites del espacio y del tiempo. ¡Por tanto era decididamente inconcebible creer que un Dios pudiera acabar en una Cruz! Y vemos como esta lógica griega es también la lógica común de nuestro tiempo. El concepto de apátheia, indiferencia, como ausencia de pasiones en Dios, ¿cómo habría podido comprender a un Dios hecho hombre y derrotado, que incluso luego habría recuperado su cuerpo para vivir como resucitado? "Te escucharemos sobre esto en otra ocasión" (Hch 17,32) le dijeron despreciativamente los Atenienses a Pablo, cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos. Creían que la perfección era liberarse del cuerpo, concebido como prisión; ¿cómo no considerar una aberración recuperar el cuerpo? En la cultura antigua no parecía haber espacio para el mensaje del Dios encarnado. Todo el acontecimiento "Jesús de Nazaret" parecía estar marcado por la más total insipidez y ciertamente la Cruz era el punto más emblemático.

¿Pero por qué san Pablo precisamente de esto, de la palabra de la Cruz, ha hecho el punto fundamental de su predicación? La respuesta no es difícil: la Cruz revela "el poder de Dios" (cfr 1 Cor 1,24), que es diferente del poder humano; revela de hecho su amor: "Porque la necedad divina es más divina, es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (ivi v. 25). A siglos de distancia de Pablo, vemos que ha vencido la Cruz y no la sabiduría que se opone a Cruz. El Crucificado es sabiduría, porque manifiesta de verdad quien es Dios, es decir poder de amor que llega hasta la Cruz para salvar al hombre. Dios se sirve de modos e instrumentos que a nosotros nos parecen a primera vista sólo debilidad. El Crucificado desvela, por una parte, la debilidad del hombre, y por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, la gratuidad del amor: precisamente esta gratuidad total del amor es la verdadera sabiduría. De esto san Pablo ha hecho experiencia hasta en su carne, y nos da testimonio de ello en varios pasajes de su recorrido espiritual, que se han convertido en puntos de referencia precisos para todo discípulo de Jesús: "Él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Cor 12,9); y aún: "ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte" (1 Cor 1,28). El Apóstol se identifica hasta tal punto con Cristo que él también, aunque en medio de tantas pruebas, vive en la fe del Hijo de Dios que le amó y se entregó por los pecados suyos y de todos (cfr Gal 1,4; 2,20). Este dato autobiográfico del Apóstol es paradigmático para todos nosotros.

San Pablo ofreció una admirable síntesis de la teología de la Cruz en la segunda Carta a los Corintios (5,14-21), donde todo está contenido en dos afirmaciones fundamentales: por una parte Cristo, a quien Dios ha tratado como pecado a favor nuestro (v. 21), ha muerto por todos (v. 14); por otra, Dios nos ha reconciliado consigo, no imputándonos a nosotros nuestras culpas (vv. 18-20). Por este "ministerio de la reconciliación" toda esclavitud ha sido rescatada (cfr 1 Cor 6,20; 7,23). Aquí aparece cómo todo esto es relevante para nuestra vida. También nosotros debemos entrar en este "ministerio de la reconciliación", que supone siempre la renuncia a la propia superioridad y la elección de la necedad del amor. San Pablo ha renunciado a su propia vida dándose totalmente a sí mismo para el ministerio de la reconciliación, de la Cruz que es salvación para todos nosotros. Y esto debemos saber hacer también nosotros: podemos encontrar nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor y nuestra sabiduría en la debilidad de renunciar para entrar así en la fuerza de Dios. Debemos formar nuestra vida sobre esta verdadera sabiduría: no vivir para nosotros mismos, sino vivir en la fe en ese Dios del que todos podemos decir: "Me ha amado y se ha dado a sí mismo por mí".

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

La experiencia de Pablo camino de Damasco cambió totalmente su existencia que quedó marcada por el significado central de la Cruz: entendió que Cristo había muerto y resucitado por él y por todos. La Cruz tiene un lugar principal en la historia de la humanidad y es objeto continuo de la teología paulina. La Cruz es "escándalo y necedad" (1 Co 1,18-23): donde parece reinar sólo el dolor y la debilidad, es donde está todo el poder del Amor infinito de Dios. La Cruz es el "centro del centro" del misterio cristiano. Ciertamente la encarnación y la resurrección son misterios centrales del cristianismo; pero san Pablo ve en la Cruz la manifestación más elocuente del Amor de Dios por nosotros.

Para el Apóstol, Cristo crucificado es sabiduría, porque manifiesta en verdad quién es Dios, y nos muestra el amor que salva al hombre de manera gratuita. Esta total gratuidad es la verdadera sabiduría. En la segunda carta a los Corintios (5,14-21), Pablo expresa en dos afirmaciones su experiencia del Crucificado. En primer lugar, Dios ha tratado como pecado a Cristo que ha muerto por todos, ha expiado nuestro pecado. En segundo lugar, Dios nos ha reconciliado consigo, sin imputarnos nuestras culpas. Los creyentes podemos decir con san Pablo: "¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Cristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo!" (Ga 6, 14).

Saludo a los peregrinos de lengua española, especialmente a los grupos provenientes de España, México, Argentina y otros países de Latinoamérica. Que Dios, en este Año Paulino, os ayude a profundizar en el misterio de Cristo, muerto y resucitado por todos.

Muchas gracias.

[Traducción del italiano por Irma Álvarez]

viernes, 16 de enero de 2009

Me amas, me llamas...

Dice el Señor:
"Antes de haberte formado yo en el seno
materno, te elegí, y antes que nacieses,
te tenía consagrado y te constituí profeta
de las naciones" (Is 1,5)

Desde siempre... me amabas,
me llamabas y, aunque yo me apartaba,
Tú no te alejabas.
Y, en mis búsquedas y noches,
siempre estabas...


... Me tocabas, para que el sueño
no me inmovilizara;
me sensibilizabas, para que el trabajo
no me "profesionalizara";
y, en amar, me especializara...


... Me perdonabas, para que
tu Misericordia, yo experimentara.
Para que, siendo perdonado, perdonara;
viendo tus llagas, yo llorara;
siendo por Ti, besado, yo besara,
y mi rencor, cesara...


¡Desde siempre... me resucitabas;
para que la muerte, no fuese una escapada;
para que orar, no fuese falsa calma;
y para que, en dar la vida:
me ejercitara (Jn 15, 13) y me habituara (Lc 9, 23)...!


Presbítero José Luis Carvajal

sábado, 10 de enero de 2009

Desatino

"Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,

si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena

o platillos que aturden" 1 Cor 13,1


Cómo nos cuesta entender

el simple lenguaje del apóstol.

Multiplicamos los idiomas,

creamos jeroglíficos,

perturbamos con gritos,

elevamos nuestro ego,

sepultamos el amor.

Somos bronce que resuena,

somos platillos que aturden.

Cómo nos cuesta alcanzar

el simple ejemplo de San Pablo,

hoy más vigente que nunca.

Construimos barreras,

disfrazamos sentimientos,

congelamos las palabras.

derribamos la bondad.

¿Por qué, si ya sabemos

que el amor todo lo puede,

le escapamos cual rufianes

persiguiendo quimeras

que sólo pueden darnos

el vacío de no ser?


Mabel Pruvost de Kappes

Muestra de iconos contemporáneos


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LA VIDA DE SAN PABLO, EL APÓSTOL
en 25 iconos contemporáneos

Pinturas realizadas por Teresa Groselj, fsp.

En el Centro Cultural Borges, Viamonte esquina San Martín, Buenos Aires, Sala 28.

La muestra permanecerá hasta el 25 de enero de 2009.
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Horarios:
Lunes a sábado de 10 a 21 hs.
Domingos de 12 a 21 hs.

sábado, 3 de enero de 2009

El apóstol Pablo y la comunicación

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El apóstol Pablo será siempre una referencia para la Iglesia, si el tema es la comunicación. Esto sucede, porque este apóstol no midió esfuerzos en interactuar con personas y comunidades. Con su vida mostró que evangelizar es “comunicar”.

Una de las necesidades básicas del ser humano es la comunicación que permite que las personas interactúen entre sí y construyan la sociedad. Así como no existen hombres sin sociedad, tampoco existe sociedad sin comunicación. Constituye el hilo conductor que traspasa personas, grupos sociales e instituciones, y posibilita la cimentación de lo que llamamos cultura.

La comunicación, tanto verbal como no verbal, es, en principio, una experiencia antropológica fundamental, cuyo significado reside en su propio término. El primer sentido, originario del latín, se remonta al siglo XII (1160), y remite a la idea de comunión, de participación. La comunicación es siempre una búsqueda del otro y de un compartir. Sin embargo, por más que la palabra comunicación esté de moda, no siempre las personas participan, de manera satisfactoria, de esto proceso, particularmente en la relación interpersonal, llegando, a veces, a malentendidos.

No basta con querer interactuar. Si alguien no logra expresar sus pensamientos y sentimientos, de modo inteligible, al interlocutor, la comunicación puede fracasar. Comunicar es también ser receptivo para aceptar e interpretar lo que el otro tiene para decir. Entonces, el buen comunicador no es aquél que habla mucho, sino el que habla lo necesario y escucha con atención, emitiendo la respuesta adecuada para crear “interacción”.
En este sentido, la escucha es un elemento importante en el proceso comunicativo. Escuchar no se reduce a “oír”. Se puede oír un ruido, una voz, un mensaje, y no interesa su significado. “Escuchar”, al contrario, es prestar atención no sólo al mensaje, sino, también, a la persona que transmite su contenido. Escuchar es percibir al otro en su situación. Para eso, es necesario vencer el deseo de dar respuestas sin “escuchar” o antes que el interlocutor termine de expresar totalmente lo que piensa.

Los medios de comunicación (imprenta, radio, cine, televisión, Internet...) si bien son muy importantes, no deberían hacernos olvidar que la comunicación es, antes de todo, una experiencia humana. El uso de las tecnologías de la comunicación facilita los contactos y los intercambios de informaciones, pero no hay ninguna prueba de que mejora la calidad de la comunicación entre las personas. Lo mismo sucede con Internet, el nuevo espacio de comunicación donde convergen todos los medios. La Internet, como todos los otros instrumentos de comunicación, refuerza y estimula el intercambio de experiencias e informaciones, pero no sustituye las relaciones personales ni la vida comunitaria.

Pablo en la perspectiva de la comunicación

Hoy en día, la palabra “comunicador” sugiere una imagen “esteriotipada”, inculcada por los medios. En referencia a la televisión y, específicamente, al presentador de noticiero, alude al arquetipo del hombre y de la mujer bien presentados y maquillados, con buena dicción y apariencia cinematográfica. Además, ya existen programas periodísticos cuyos presentadores son modelos, o sea, personas que no tienen ninguna experiencia en periodismo, pero su “imagen” converge con el perfil trazado por la lógica del espectáculo.
El apóstol Pablo, visto desde la perspectiva del comunicador, no tiene nada que ver con las “estrellas” producidas por los medios. Sus cartas, especialmente las dos que escribió a los corintios, revelan a un hombre que está más allá del estilo del “comunicador espectacular”, sea el de la época actual o el de su tiempo. Tal imagen es perceptible en algunas de sus expresiones, que nacen de las controversias creadas con los falsos apóstoles, quienes, en nombre del Evangelio, se apoyaban en el poder del lenguaje, intentaban cautivar por las apariencias, buscando ventajas personales, y no el anuncio de Jesucristo (cf. 2Cor 10, 12).

Al confrontar su predicación con la de los falsos evangelizadores, Pablo afirma a los corintios que no sabe hablar con el mismo brillo: Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría (1Cor 2, 1); reconoce que no tiene una gran preparación para la comunicación oral: Aunque no tengo preparación para hablar, no me falta el conocimiento (2Cor 11, 6) y que su presencia no era nada seductora: Débil y temblando de miedo me presenté ante ustedes; mi mensaje y mi proclamación no se apoyaban en palabras sabias y persuasivas, sino en la demostración del poder divino (1Cor 2, 3).

Pablo no buscaba seducir a las personas por el lenguaje, ni por la retórica ni tampoco por las apariencias, como los otros evangelizadores. Algunos miembros de las comunidades no entendían este modo de actuar, a tal punto que desconfiaban de él. Llegaban a dudar de que él fuera un evangelizador auténtico, por faltarle esas características.

Valdir José de Castro
Superior Provincial de la Sociedad de San Pablo.
Revista Paulus.

La carta a los Romanos - Parte 2

Síntesis teológica o estructuras subyacentes


Veamos ahora los grandes ejes temáticos de Romanos. Son la estructura oculta que surca toda la carta y muestra la profundidad del pensamiento paulino. Son como una conclusión que Pablo no escribió y que hubiéramos esperado al final de la carta, pero que en realidad aparece por debajo de todo lo que escribe.

En toda la carta, pero especialmente en el primer y el tercer bloque, hallamos un primer eje temático y una estructura argumentativa semejante: se muestra que ningún ser humano, judío o pagano, es merecedor de la justificación (el paso a la amistad con Dios); al contrario, Dios tendría derecho a negarla por el pecado de la humanidad. Sin embargo, la infinita misericordia de Dios desborda a través de Cristo para abrir a todos un camino de salvación. Más aún, también sobre los que lo rechazaron, a quienes justamente Dios podría dejar librados a su endurecimiento, Dios derrama su misericordia libre y gratuita, sin mérito alguno por parte del ser humano. Así, sobre el contraluz del rechazo del ser humano, Dios manifiesta mejor su absoluta y amorosa libertad, eligiendo tener misericordia de todos más allá e independientemente de cualquier mérito humano. Esto muestra que es insensato gloriarse en sí mismo o en alguna obra propia.
El primer eje es entonces el siguiente: “Situación de pecado de todo ser humano (necesidad de redención) – Redención gratuita que realizó Cristo en su Pascua – Imposibilidad e insensatez de gloriarse”.

Pero esto tiene consecuencias: a los que ya han aceptado a Cristo como Señor se los invita a descubrir la grandeza de la nueva situación de los justificados y a responder a la misericordia de Dios ofreciéndose a sí mismos, de manera que, bajo el impulso del Espíritu que renueva al ser humano a imagen de Cristo, puedan crecer en una vida nueva agradable a Dios. Pero en ese camino, lo que da sentido y valor salvífico a cualquier obra o actitud humana es el amor.
Entonces el segundo eje, predominante en el segundo y el cuarto bloque, es el siguiente: “Misericordia gratuita de Dios – Renovación obrada por el Espíritu – Ofrenda de sí mismo – Camino de crecimiento en el amor bajo el impulso del Espíritu”.

Este segundo eje muestra la dinámica que se produce bajo el impulso del Espíritu en el justificado, como un dinamismo que necesariamente sigue a la justificación. El amor infinito de Dios no nos deja iguales. Nos promueve para que pongamos lo mejor de nosotros mismos y participemos con nuestra libertad en un camino de crecimiento. Él no nos hace crecer sin nosotros. La justificación gratuita nos capacita para iniciar una nueva forma de vivir. Como todo procede de su amor gratuito, las buenas obras permiten un cierto discernimiento, pero nunca producen una certeza que lleve a la persona a gloriarse en sí misma.
Pero este segundo eje es siempre superado por el eje principal de la carta, que predomina en el primer y el tercer bloque: La misericordia gratuita de Dios en Cristo, que puede obrar, más allá de toda acción o actitud humana, aun en los rebeldes obstinados. Pablo piensa en primer lugar en los miembros de su propio pueblo rebelde, pero deja en suspenso el modo concreto como Dios podría concretar este designio misericordioso de salvación.

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Extraído de
"Pablo Apasionado",
Víctor Manuel Fernández.
Editorial San Pablo.

www.san-pablo.com-ar